Ferro: el club que quiere volver a ser
De Caballito al mundo, se convirtió en insignia a lo largo de la década de 1980. Ferro Carril Oeste, el corazón del emblemático barrio porteño, pelea por regresar a esos primeros planos.
En la década de 1980 del pasado siglo, el club Ferro Carril Oeste supo ser un modelo de institución social, cultural y deportiva. No sólo por la enorme y variada cantidad de logros en las distintas disciplinas en que competía (fútbol, vóley, básquet, por mencionar los ejemplos más conocidos), sino principalmente por el significado de pertenencia colectiva que implicó para el porteñísimo barrio de Caballito, y también más allá de sus fronteras. Una cosecha extraordinaria de títulos, un número de socios activos que nada tenía que envidiarle a alguno de los denominados equipos grandes y una febril actividad social con epicentro en la histórica sede de la calle Federico García Lorca 350 y en el micro-estadio Héctor Etchart; fueron los signos de una época dorada que hoy aparece como un lejano recuerdo.
En los años 90, el perfil que combinaba la seriedad de gestión con el éxito deportivo empezó a diluirse y Ferro entró en un tobogán que derivó, como eje saliente, en el descenso del equipo de fútbol a la Primera B Nacional en 2000 y un año después a la B Metropolitana. Tras dos temporadas allí, retornó a la segunda categoría, donde permanece desde entonces. Ese episodio futbolístico fue acompañado (o fue consecuencia) de un deterioro institucional y económico gigantesco que continúa, aunque menguado, hasta la actualidad.
¿Qué pasó en Ferro? ¿Hay perspectivas de volver a ser aquel ejemplo en el que luego se inspiraron, por caso, Lanús o Vélez? ¿Cuál es la situación hoy en día de la institución en la que todo un barrio se ha referenciado históricamente? El jueves 5 de Julio, la Legislatura porteña sancionó en forma unánime la ley de protección patrimonial del club, que protege sus bienes frente a los avances inmobiliarios. Como actor de este proceso, en el matutino radial Llevalo Puesto entrevistamos al Lic. Gustavo Desplats, de Proto Comuna Caballito, una organización que pretende estimular “las herramientas de participación ciudadana con la certeza que esto promoverá una mejor calidad de vida”, según señalan en su blog.
En primer término, el proyecto -presentado en 2010 por Martín Hourest (GEN), impulsado en una segunda instancia por Pablo Bergel (Proyecto Sur) y con agregados posteriores de Juan Cabandié (FPV) y Sergio Abrevaya (CC)- determina la catalogación, con nivel de protección cautelar, de la sede de García Lorca (que tiene 4 gimnasios, 3 piletas de natación, un patio descubierto, un buffet y un solárium) y el edificio Platea y Gimnasio Ricardo Etcheverry, así como también la definición de “bien cultural” para la locomotora histórica del club, que venía siendo protegida por los vecinos y se aloja en una cancha auxiliar. Según Desplats, esta medida “inhibe del uso económico de estos bienes y le da la posibilidad a los socios, llegado el caso de que pueda ocurrir la quiebra, de volver a comprar esos terrenos a un monto relativamente mucho menor al precio de mercado y poder seguir manteniendo tanto la sede como el campo deportivo del club Ferro para un uso social-deportivo y no para la construcción de edificios de 30 o 40 pisos de altura, que es para lo que estaban pensando que se podían destinar estos terrenos”.
Lo mencionado por uno de los referentes de la organización territorial está ligado directamente a ese boom de la construcción que la Ciudad de Buenos Aires ha tenido en los últimos años. Bajo una conexión directa con la especulación inmobiliaria, que genera que las viviendas que se crean sean usadas como reserva de valor (no se ponen a la venta ni en alquiler), estos ambiciosos y millonarios proyectos crecen como negocio, mientras cada vez son más los ciudadanos que se encuentran en estado de emergencia habitacional
Por otra parte, Desplats adjudicó a la doble fractura de la clase media el motivo central de la caída de Ferro (evidenciado en una notable merma de socios), iniciada en la década del 90 y profundizada en los primeros años del siglo XXI: “Por un lado, una porción de la clase media queda atrapada por las problemáticas económicas y tuvo que dejar el club porque no podía darse el lujo de pagar la cuota social; por otro lado, otra fracción de la clase media que se despega y se convierte en clase media alta en muchos casos se va a vivir a los countries, con lo cual también deja de apoyar al club porque se aleja de Caballito”. Dado este panorama, Ferro vio disminuido severamente su caudal de ingresos, situación que la crisis de 2001 -ya con el equipo de fútbol en la segunda categoría del fútbol argentino- no hizo más que agudizar.
Desde hace 11 años, Ferro se encuentra con un fideicomiso provisto por la ley del deporte. “Esto era por 10 años originalmente y el año pasado el Congreso de la Nación lo extendió por 2 años mas, lo cual fue muy útil para Ferro, porque la ley marcaba que si a las 10 años de entrar el fideicomiso no se encontraba la solución para pagar las deudas, entraba en quiebra el club”, señaló Desplats. La deuda que hoy tiene “Oeste” es de 12 millones de pesos, un número bastante menor al de muchos clubes, pero que no deja de complicarlo de cara a un futuro pago. A fin de año es la fecha límite para saldar lo adeudado y, en caso de que eso no suceda, se abriría un escenario en el cual podrían rematar la cancha y la sede a los efectos de tener efectivo para lograr pagar las deudas. En ese sentido, la ley de protección patrimonial significa un logro importante para impedir ese remate y sacar a flote al emblemático club, que quiere volver a ser aquél de hace 30 años.
Sebastián Tafuro / Marcha